
De este fin de semana, no podía pasar necesitaba volver a ese lugar cálido, pero con elegancia aristócrata, un lugar que alberga en su interior los secretos del mar, un puente entre la capital y el mediterráneo. Me estoy refiriendo a la casa del pintor Joaquín Sorolla y Bastida, ubicada en una zona noble madrileña. Ese lugar que te envuelve en un paseo mágico entre la vida del artista, sus objetos,, sus herramientas de pintor bohemio y sus magníficas creaciones llenas de luz.
Augusto me comentó, “me fascina Madrid, pero echo muchísimo de menos el mar” y aunque en la ciudad existen maravillosos lagos, ríos caudalosos y embalses soleados, todo ello quedaba mediocre frente al soberbio mar que baña la costa asturiana.

Entonces pensé en aquel remanso de paz. No por deseo de competir, si no de complacer, le agarré de la mano y le dije a Augusto, “déjate llevar, voy a conseguir que conectes con lo que anhelas, eso si te aviso; no te mojarás, tampoco huele a sal…pero si confías, si realmente tienes espíritu de marinero y alma inquieta, querido amigo serás transportado al bucólico lugar que echas de menos”.

No se si fue así realmente, pero Augusto agarraba mi mano como un objeto delicado, con infinita ternura en ocasiones, imagino que movido por la emoción la presionaba y sonreía mientras contemplaba alguna de las estancias de esa casa o uno de los maravillosos cuadros.
Compartimos los espacios que inspiraron al pintor y los lugares cálidos donde este disfrutó de la vida entre los suyos.
Después Augusto mientras paseábamos por los jardines de la residencia del pintor me besó, me sorprendió robándomelo, aunque yo deseaba ser asaltado con esa muestra de ternura toda la mañana, recuerdo que fue en un patio que el pintor hizo construir inspirado en la Alhambra ,otro beso cayó bajo la magnífica Pérgola italiana.

Aristocrático pero no ostentoso eso lo define.
Un día inolvidable lleno de arte, luz, del pasado más romántico y de un inspirador mar mediterráneo.